Respeto.

Después de un par de meses de inactividad en el blog, ¡he vuelto!
Han sido unos meses de desconexión para habituarme a una nueva ciudad, un nuevo trabajo y, sobre todo, nuevas sensaciones. En este tiempo he tenido la oportunidad de cruzarme con personas que me han enseñado la importancia de varios sentimientos, como son la empatía y el respeto. Y yo hoy, quería hablaros de este último.

Después de ver, por ejemplo, una de tantas campañas contra la violencia de género o lo que sigue ocurriendo en Cataluña, tuve que pararme a pensar sobre lo que estaba ocurriendo en el mundo; y llegué a la conclusión de que muchos (o muchísimos) casos y situaciones empezaban con la pérdida del respeto. Son muchos los asuntos sociales que nos rodean día a día y que, de alguna manera, olvidamos en milésimas de segundo. Bien porque no nos atañen o porque no nos crean un conflicto directo. Pero, si en las relaciones interpersonales comienzan en el individuo, en el reconocimiento de sí mismo como entidad única, que necesita y quiere comprender al otro, ¿dónde está el límite para sobrepasarlo? ¿Por qué insistimos en imponer nuestra razón sin nada de empatía?

El respeto (del latín respectus, ‘atención’ o ‘consideración’) es «la consideración y valoración especial que se le tiene a alguien o a algo, al que se le reconoce valor social o especial diferencia». Muchas formas de respeto se basan en la relación de reciprocidad, sin embargo, en lo que se refiere al respeto de las personas hacia objetos, costumbres e instituciones sociales, se fundamentan en otras consideraciones diferentes de la reciprocidad.

De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, entre otros significados, el respeto está relacionado con la veneración o el acatamiento que se hace a alguien, e incluye miramiento, consideración y deferencia.

En mi opinión, respetar no sería dar la razón ni estar de acuerdo en todos los ámbitos con las ideas de otra persona, sino que se trata de no descalificar ni ofender a esa persona por su manera de pensar y tomar decisiones, siempre y cuando esos pensamientos y decisiones no afecten o causen ningún daño a otra persona. Hay cosas tan lógicas en las cuales es difícil perder el respeto, pero otras, como la independencia de Cataluña, que no. Y en mi cabeza no cabe que haya amigos de toda la vida que por un tema político se distancien. No porque no compartan la opinión del otro, sino porque no saben respetarla. Y ahí es donde comienzan todas las locuras. Porque pecamos de irrespetuosos y de intolerantes.

Desde aquí, propongo el ejercicio de pasar toda opinión que ofrezcamos a los demás por el filtro de tolerancia. Pero también, al revés, con quien no piensan igual que nosotros ni comparte nuestros mismos gustos o intereses. Respetar la diversidad de opiniones y formas de ser, siendo justos con ellos, pero, sobre todo, con nosotros mismos. Porque como bien siempre me ha inculcado mi madre: el respeto se practica cuando se entiende que la libertad de cada uno, termina donde empieza la del otro.

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