Recuerdo el verano de hace unos diez años aproximadamente en el que mi madre, todas las tardes, nos daba un diccionario a mi hermano y a mí. En él teníamos que buscar una palabra al azar y escribirla varias veces en un folio. Así y leyendo fue como mi vocabulario se fue enriqueciendo poco a poco y aprendía, aunque aquello provocara que estuviera maldiciendo ese verano los cinco años siguientes. Con el paso del tiempo me he dado cuenta de la importancia de aquel momento, de la cantidad de palabras que sabía y lo poco que lo valoré. Pero, sobre todo, de la dedicación de una madre porque sus hijos hicieran, cada día, algo productivo. He de decir que esa tarea no se cambiaba por jugar e ir a la piscina, sino que esos momentos también los teníamos, y en mayor proporción.
De eso quería hablaros hoy, de la importancia de la educación. De tal palo, tal astilla.
