Son muchas las veces que en el último mes he encendido la televisión y, después de unos minutos echando un vistazo, bastante decepcionada, he tenido que apagarla. La verdad que es una pena, porque teniendo en cuenta la cantidad de información que nos aborda día tras día no creo que sea necesario que en la programación de una cadena televisiva ocupen más tiempo los programas del corazón/ chismorreo que programas de interés cultural; por ejemplo.
Hoy, vengo a hablaros de eso, no de la cantidad de personas que siguen los programas que se conocen como ‘tele-basura’, sino de lo que significa en sí ese tipo de información transmitida como algo normalizado en nuestra sociedad.
¿Qué tienen los programas tele-basura?
Según este artículo (http://elpais.com/elpais/2015/11/04/tentaciones/1446640248_821483.html) el éxito de este tipo de programas estaría explicado por la ciencia y no deberíamos sentirnos mal porque nos gustasen ya que hay varios argumentos científicos que explican la afición hacia estos programas de cotilleo.
Se denomina telebasura a aquellos programas de televisión caracterizados por emitir una información sin ningún tipo de pudor y exagerando la vida privada de terceros justificando así la excusa del entretenimiento. Si hay algo que no me explico es cómo un canal de televisión puede poseer tantos programas de este tipo y que nosotros sigamos sin mover un dedo. Ya no hablo de las personas que los ven, que cada uno puede hacer lo que quiera, sino de hacer valer la integridad de las personas.
Se calcula que la telebasura existe desde los años 1980 en EEUU y desde los años 1990 en el resto del mundo. Después de 27 años no espero que pueda desaparecer en poco tiempo, ni siquiera que desaparezca, pero, ¿de verdad os gusta un programa donde prima el mal gusto, lo escandaloso, el enfrentamiento entre compañeros, los insultos, la denigración de los participantes y la invasión a la intimidad? A todo este conjunto se le llama morbo. Y, de morbo, vamos sobrados en España.
Es nuestro instinto de supervivencia el que nos hace interesarnos por las vidas de otros. En la prehistoria debías estar alerta, saber en quién podías confiar y en quién no. Hoy, ese mismo mecanismo instintivo nos hace querer conocer las vidas de los que aparecen en la televisión como si fueran miembros de nuestra propia tribu. Y somos nosotros quienes decidimos si seguirlos o cambiar de cadena, racionalizando ese obsoleto instinto. También, como lo que ocurre con las máquinas tragaperras y sus lucecitas que nos incitan a jugar, a acabar la partida, a que tengamos que ver día tras día estos programas, por la necesidad de seguir el hilo de la historia y acabarla. Lo malo es que nunca acaba, porque todo viene a raíz de una historia que se enlaza con otra historia, y cuando parece que va a a acabar, aparece el primo lejano que siempre la vuelva a liar. Así que se convierte en un círculo vicioso en el que cualquiera puede entrar, pero después es muy difícil salir.
¿Quién puede más tu instinto primitivo o tu libertad evolutiva?






